lunes, 14 de noviembre de 2011

ARCHIE SMITH, NIÑO MARAVILLA


HISTORIAS EN EL PISO TRECE
Presenta
LOS MISTERIOS DEL SEÑOR BURDICK
De Chris Van Allsburg
ARCHIE SMITH, NIÑO MARAVILLA
Una vocecilla preguntó: —¿Es él?


Escrito por Adrián Granatto

1


Si les preguntaran a los animales, aves e insectos que habitan el bosque del condado de Bender a qué le temían más, no dudarían en nombrar a Chester Stanton de forma unánime. Cruzarse en el camino de Chester y salir indemne podía considerarse un privilegio o un milagro. Su última víctima había sido un saltamontes al que le arrancó una pata trasera.
La crudeza de los ataques, y la falta de compasión de Chester, logró que los animales decidieran hacer algo al respecto.
—Esto es terrible, amigos —dijo la tortuga—. A este paso, este niño nos va a diezmar. Pasaremos a ser animales al borde de la extinción. Miren a nuestro compañero. —Señaló al saltamontes, que estaba sobre un montículo en la hierba a la vista de todos—. Nunca en mi vida he visto tanta maldad en un ser humano.
Todos asintieron con la cabeza. Si ella lo decía, debía ser cierto. Nadie ponía en duda la longevidad del quelonio y su sabiduría, aunque muy pocas veces ambas van de la mano.
—Debemos tomar una determinación —siguió hablando la tortuga—. El bosque es salvaje, sí, pero esto es inadmisible. Este niño goza torturándonos. —Hizo un silencio meneando la cabeza negativamente—. ¡Ni siquiera es por comida que lo hace! —gritó con furia —. Eso podría ser comprensible hasta cierto punto.  Después de todo, uno debe buscar su sustento.
—Como si alguien fuera a salir a buscar a una tortuga vieja y dura para comerla —musitó un conejo a su compañera.
—Te oí —lo amonestó la tortuga—. ¿Nunca escuchaste hablar de la sopa de tortuga?
—No me vas a comparar una sopa de tortuga con un conejo a la cacerola —dijo el conejo—. Seamos serios.
—Basta —dijo un faisán poniendo fin a la discusión—. Nos reunimos aquí para buscarle una solución a un problema que nos perjudica a todos, no para bromear. Nuestro amigo el saltamontes se ha librado de una buena, pero otros no han tenido esa suerte. Recuerden a la lagartija y lo que sucedió a continuación.
El conejo y la tortuga bajaron la cabeza, avergonzados. Pensar en la lagartija era muy doloroso. Su muerte tuvo lugar solo siete semanas atrás. Chester la atrapó cuando estaba tomando el sol sobre una piedra plana. Primero cortó su cola y esperó que le creciera otra, como le habían contado en la escuela. Como comprenderán, eso no sucedió y Chester se enojó mucho. Así que tomó a la lagartija y le hizo un tajo todo a lo largo del vientre y la dejó en la piedra. Se alejó unos metros y se sentó a esperar. Al rato bajó un halcón, picoteó dos veces a la lagartija y se la llevó volando.
Chester quedó fascinado.
A partir de ese día destripó a varios animales, dejándolos a merced de los carroñeros. Consiguió una de esas cámaras de fotos que se revelan en el momento y retrataba el instante en que se devoraban a las vírgenes. Así llamaban a las muchachas que ponían en las piedras de sacrificios, y así llamaba él a sus victimas. Lo había oído en una película y se le quedó. Siempre sacrificaban vírgenes. Tal parecía, los Dioses quedaban mucho más conformes con ellas. No sabía que significaba, pero le agradaba la palabra.
—No sé que clase de padres le regalan a sus hijos una navaja —reflexionó el faisán.
—Unos padres enfermos —croó una rana desde la orilla del estanque. Su esposo había sido el tercero de los sacrificados. Ella observó todo detrás de unos juncos.
—¿Y qué podemos hacer? —preguntó una ardilla.
—Bueno —dijo la tortuga volviendo a tomar las riendas del asunto—. Tal como lo veo, la única forma de ponerle punto final a esto es darle a ese muchacho una lección que nunca olvide.
—¿Qué tipo de lección? —quiso saber el conejo.
La tortuga sonrió y las arrugas de su rostro se acentuaron, dándole un aspecto de abuelo bueno, un abuelo que llega a visitar a sus nietos con los bolsillos repletos de golosinas.
—Una horripilante lección —dijo sonriendo aún más.

2

Se alzó un murmullo entre el variopinto grupo. Algunos decían que era una locura, otros se regocijaban pensando en que tan horripilante sería la lección que tenía planeada la tortuga. Solo unos pocos mantenían las reservas sobre el plan, preguntándose que pasaría luego. ¿Y si Chester no aprendía su lección y regresaba más agresivo?
—¿Regresar? —La tortuga abrió grandes los ojos ante la pregunta—. ¿Qué les hace pensar que regresará?
—Explícanos tu plan —pidió un búho encaramado a una rama baja—. Dinos de qué se trata.
—¿Plan? —dijo la tortuga mirándolos a todos—. Yo no tengo ningún plan. ¿Quién dijo que yo tengo un plan?
—Dijiste que le ibas a dar una lección horripilante.
—Claro que sí —aseguró la tortuga—. Dije que la única forma de acabar con esto es dándole al niño una lección que nunca olvide, una lección horripilante. ¡Pero nunca dije que yo supiera que tipo de lección era esa! ¡Creí que debatiríamos por alguna en concreto!
El búho entrecerró sus enormes ojos y aleteó, furioso.
—¡Me haces perder el tiempo con tus estupideces! —ululó—. ¡Abres la boca y de ella solo salen palabras vacías! ¡Nunca se te cae una idea!
–Ahí empezamos de nuevo —se quejó un topo. Se acomodó los lentes, que se le habían deslizado hasta la punta de la nariz, y les preguntó—: ¿No pueden dejar sus rencillas personales para otro momento?
—Está bien —dijo la tortuga estirando el cogote—. ¿Hacemos una tregua? —le preguntó al búho.
—Voy a hacer lo posible.
La tortuga meneó la cabeza con desesperación.
—No voy a decir nada al respecto —suspiró.
El conflicto entre ellos había comenzado hace años. Ya nadie recordaba el por qué, ni siquiera ellos mismos, pero a estas alturas eso ya no era importante, solo un detalle menor.
—Propongo que hablemos con el oso para que le vaya a hacer una visita. Nada demasiado sangriento, un destripamiento leve —dijo el búho con su sapiencia habitual.
—Y luego tendremos el bosque lleno de cazadores tratando de cazar al feroz animal que hizo tamaña barbaridad —discrepó el conejo—. Muchos animales acabarían muertos por tanto cazador disparando a todo lo que se mueva.
—Nosotras tenemos una idea mejor —musitó una vocecilla.
—¿Quién dijo eso? — se sobresaltó el búho, y estuvo a punto de caerse de la rama.
—Nosotras —dijo la vocecilla.
Unas pequeñas luciérnagas volaron frente a sus ojos.
—Perdonen, no las vi —se disculpó el búho—. De noche ustedes son más visibles, pero de día…
—Lo sabemos —dijeron todas juntas en medio de una risilla.
—Bueno, no tanta risa y explíquense —dijo la tortuga, un poco celosa de que el búho acaparara toda la atención.
Las luciérnagas, unas quince en total (siempre se mueven en grupo), se posaron sobre el caparazón de la tortuga. Esta se hinchó de orgullo al notar que la iban a usar de podio y le echó una mirada complaciente al búho.
—Conocemos a un niño —comenzaron a hablar las luciérnagas.
–No —las interrumpió el conejo—. Basta de niños. Los niños son malos y no cuidan el bosque. Yo mismo los he visto arrojando basura o haciendo sus necesidades en el estanque.
—Y hacen fuego con esos aparatos que tienen —acotó el faisán—. El fuego es peligroso.
Todos asintieron con la cabeza.
—Este niño es diferente —dijeron las luciérnagas—. Este niño cuida a los animales. Ayudó a nuestro compañero el ciervo cuando cayó al barranco y se rompió la pata.
Todos miraron al ciervo, que se sonrojó al ser el centro de atención.
–Es-es verdad —tartamudeó—. Me caí por el barranco y me quebré la pata. Creí que moriría.
Los animales lanzaron un “¡Ohhhhh!” de nerviosismo. Esto le gustó al ciervo, y se mandó con más confianza.
—De pronto —dijo haciendo una pequeña pausa y paseando la vista entre todos—, apareció un niño.
Esta vez no hubo ningún ¡Ohhhhh! Todo fue silencio, un silencio contenido y expectante. Se sentía la tensión en el ambiente.
—¿Y qué pasó? —dijo el saltamontes cuando el silencio se prolongó demasiado y nadie decía nada.
—Se acercó a mí y pensé que ese sería mi último aliento. Traté de ponerme en pie y huir, pero la pata rota no me sostuvo y volví a caer. Me encomendé al Creador y cerré los ojos, esperando el dolor final. Pero grande fue mi sorpresa cuando lo oí hablándome suavemente y sosteniendo mi pata con delicadeza. Llevaba en las manos un maletín del que sacó unas vendas. Me limpió las heridas con un líquido que ardía, pero, lo crean o no, el niño me soplaba para que ardiera menos.
Los animales se miraron entre sí, dudando.
—Es verdad —afirmó el ciervo—. Lo juro.
—¿Quieres que creamos que te arregló la pata? —preguntó la tortuga.
—Sí —dijo el ciervo—. Buscó unos palos y me la entablilló. Que me caiga muerto en este mismo momento si miento.
Voces de admiración y desconfianza se elevaron entre el grupo reunido. Varios se acercaron al ciervo para ver su pata y discutían en voz baja. Entre ellos se encontraba el búho, que había bajado, cosa rara en él, de la rama y observaba la pata del ciervo con ojo clínico.
—¿Y tú dices que el niño te la curó? —le preguntó clavándole la mirada.
—Así es —aseveró el ciervo sin apartar la vista.
El búho se volvió hacia los demás.
—Pues bien —dijo en voz alta para que lo oyeran todos—, deberemos creer en lo que nos ha contado nuestro amigo el ciervo, y seguir escuchando a las luciérnagas. —Miró a cada uno de los animales, insectos y aves a su alrededor—. ¿Alguno de ustedes desea añadir algo al respecto?
Nadie dijo nada y el búho asintió con la cabeza.
—Continúen, por favor —les dijo a las luciérnagas.

3

—Como decíamos al principio —dijeron las luciérnagas, pues tienen la necesidad de hablar todas juntas para unir sus voces y lograr ser escuchadas—, este niño es diferente. Llegó a Bender hace dos años. Su padre es el nuevo farmacéutico, el señor Smith.
—Lo hemos visto —dijeron un par de tórtolas—. Es uno de bigotitos.  
—¿El niño tiene bigotes? —dijo asombrado el faisán.
—El niño no, el padre —respondieron las tórtolas.
—Podríamos hablar con él y pedirle que nos ayude —continuaron hablando las luciérnagas.
—¿Qué nos ayude el padre? — dijo el faisán, que a estas alturas ya no entendía nada.
—El padre no— chillaron las luciérnagas —, el niño.
—No entiendo —dijo el búho—. ¿De qué forma nos podría ayudar?
—Al contrario de nosotros —dijeron las luciérnagas—, él podría dialogar con Chester y convencerlo de que su comportamiento con los animales deja mucho que desear.
—¿Y ustedes de verdad piensan que se podría dialogar con este muchachito? Me parece que ya ha dado sobradas muestras de ser bastante prehistórico.
—Lo primordial es darle la oportunidad de cambiar –reflexionaron las luciérnagas.
—¡Hay que arrancarle las piernas! —dijo en un sollozo el saltamontes—. ¡Venganza!
—Rebajarnos a su crueldad nos convertiría en seres peores que él —dijeron las luciérnagas—. Debemos demostrar compasión, enseñarle piedad.
—¡Venganza! —volvió a gritar el saltamontes—. ¡A por el oso!
Comenzó una discusión violenta entre los que querían al oso y el destripamiento leve, y los que, al contrario, preferían el diálogo.
—Amigos —dijo la tortuga tratando de calmar a la muchedumbre enloquecida—, hay que tomar una decisión.
—¡Al oso! ¡Mandemos al oso! –gritaron varios.
—¡Diálogo! ¡Seamos sensatos! —dijeron otros.
—Muy bien —dijo la tortuga frunciendo el ceño—. Silencio, déjenme pensar.
El griterío bajó el nivel pero no se acalló.
—Está visto que no vamos a llegar a nada —se quejó el búho—. A ver, amigos, propongo el siguiente plan de acción. ¿Me escuchan, por favor? Vamos a llevar a cabo lo dicho por las luciérnagas. —Hubo un murmullo indignado y el búho levantó las alas para calmarlo—. No he terminado, amigos. ¿Me permiten seguir hablando? Muchas gracias —agradeció cuando todos hicieron silencio—. Mientras tanto, para tener los dos frentes cubiertos, hablaremos con el oso para que esté preparado por si debemos llamarlo de urgencia. ¿Estamos de acuerdo?
Del grupo se levantó un “sí” medio dudoso, pero “sí” al fin y al cabo. Fue más que suficiente para que el plan se pusiera en marcha.
Las luciérnagas ya estaban por irse, cuando el búho las detuvo.
—Una pregunta —dijo.
—Dinos.
—¿Cómo se llama el niño?
—Archie —contestaron las luciérnagas—. Archie Smith.

4

Bender es una comunidad pequeña con una calle principal arbolada donde se aglomeran los locales comerciales. Las casas son bajas y con amplios patios traseros divididos por setos. Lo único que sobresale apuntando al cielo es el campanario de la iglesia, una vieja estructura de madera que sabe Dios cómo se mantiene en pie.
Las farolas del alumbrado público tratan de dispersar las sombras de la noche en una batalla perdida de antemano. La casa de Archie Smith se encuentra a dos cuadras de la iglesia; es la casa con el buzón pintado de amarillo, idea de su madre.

5

El cuarto de Archie da para donde sale el sol. Cualquiera diría que sería el Este, pero Archie discreparía este punto diciendo que debido a la inclinación del eje de rotación de la Tierra y el movimiento de traslación de la misma, esto ocurre solamente dos veces al año, los días de equinoccio. Sea cierto esto o no, cuando las palabras salían de boca de Archie, había tal seguridad en su voz que uno realmente dudaba. Así y todo, todas las mañanas el sol entraba por la ventana, le pegaba en los ojos, y lo despertaba.
Pero esta noche lo que entró por la ventana no fueron los rayos del sol, cosa que de por sí sería extraño, sino dos esferas de luz perfectas. Se acercaron a Archie, que dormía cómodamente arrebujado en las sábanas.
—¿Es él? —preguntó una vocecilla.
—Es él —aseguró una segunda voz.
—No parece la gran cosa.
—¡Shhhhhh! —le recriminó la segunda voz.
 Hubo un chisporroteo parecido al código Morse y varias lucecitas más entraron a la habitación iluminando los juguetes dispersos.
—¿Lo despertamos?
—Si queremos hablar con él sería lo lógico.
Las luciérnagas se reunieron sobre la cabeza del niño formando una aureola gigante, dándole el aspecto de un ángel dormido.
—Archie Smith —llamaron en perfecta sincronía.
El niño se removió en la cama y entreabrió los ojos. Al principio pensó que ya había amanecido y se desperezó, sentándose en la cama y bajando los pies al suelo en un gesto matutino automático. Y como siempre, sus pantuflas no se hallaban en el lugar que deberían. Murmuró con la boca pastosa un galimatías de disgusto y bajó la cabeza para mirar debajo de la cama, donde siempre parecía haber una oscuridad pegajosa. Y en ese momento se dio cuenta del círculo que sobrevolaba sobre él.
Se sobresaltó y cayó de rodillas al suelo de madera, entrechocándose los dientes. Se mordió la lengua y unas gotas de sangre mancharon el parquet. Los ojos se le llenaron de lágrimas y ahogó un sollozo.
—¿Estás bien, Archie Smith? —dijeron las luciérnagas—. No te asustes. No hemos venido a hacerte daño.
—Ni falta hace —agregó una de ellas—. Ya bastante daño se hace él solo.
Archie escupió. La saliva era rojiza. Levantó la vista a aquella nube luminosa y parlanchina y concluyó que no extrañaba peligro.
—¿Qué son ustedes? —preguntó, todavía arrodillado.
—Somos luciérnagas, Archie Smith.
—No sabía que las luciérnagas pudieran hablar.
—Podemos hacer eso y muchas otras cosas más.
—¿Qué cosas?
—Luego hablaremos de eso, Archie Smith. Ahora necesitamos que nos escuches, tenemos una propuesta para hacerte. ¿Conoces a un tal Chester Stanton?
—¿Si conozco a Chester? Claro que lo conozco.
—¿Son amigos?
Archie sonrió.
—No creo que esa palabra se adecue a nosotros.   

6

El primer encuentro de Archie con Chester se dio en el patio de la escuela. Archie comía un emparedado junto a Steve Mitchell, su compañero de curso, mientras repasaban matemáticas. Estaban sentados en unos bancos de cemento sin respaldos, los libros abiertos frente a ellos, los bates de beisbol a sus pies. Steve jugaba con una manzana pasándosela de mano en mano. En uno de los pases, Chester se adelantó y atrapó la manzana.
—Muy bien —lo felicitó Steve—. Buenos reflejos. ¿Ahora puedes devolvérmela?
Chester ya se había alejado unos pasos y estaba a punto de morder la manzana. Se detuvo y giró la cabeza.
—¿La quieres de vuelta? —preguntó sopesando la fruta en su mano.
—Por favor —musitó Steve.
Archie notó algo curioso: en el patio, los niños dejaron de jugar y las voces se apagaron. Todos tenían sus caras vueltas hacia ellos, expectantes.
Archie se puso de pie y tomó del brazo a Steve.
—Vamos —le dijo, recogiendo los libros del banco—, es tarde.
—Espera —dijo Chester desde su lugar, a unos tres metros de ellos—. Todavía no le devolví su manzana.
Echó su brazo hacia atrás y arrojó la manzana, la cual trazó una trayectoria directa al rostro de Steve. El impacto fue tal, que la manzana se desintegró en varios pedazos, no sin antes romperle la nariz al niño.
Increíblemente, Chester alzó los brazos lanzando un grito de júbilo y los demás niños lo corearon y aplaudieron. Steve corrió a la enfermería dejando un reguero de sangre tras él. Por esas cosas que uno nunca puede explicar lógicamente, a Archie se le vino a la cabeza la historia de Hansel y Gretel y su rastro de migas. No va a ser difícil encontrarlo, pensó. Solo tengo que seguir la sangre.
Algunos de los otros niños se habían acercado hasta Chester y lo palmeaban y festejaban. Chester sonreía como un tonto y hacía reverencias.
—Gracias, gracias, gracias —decía con cada una de ellas.
 Archie Smith no era un niño violento. Sus padres lo habían educado para que se uniese en discusiones usando la inteligencia, debatiendo con ideas. Muy pronto Archie fue consciente de que eso pocas veces era posible.
Pero ahora la ira le nublaba la razón. Sabía que debería respirar profundo y calmarse hasta que esa neblina rojiza se disipara, pero algo en su interior le rogaba que lo dejara salir.
Por favor, le suplicaba. Una vez, sólo una vez y volveré a ocultarme.
Entonces, Archie cerró los ojos y la neblina rojiza se volvió más espesa, envolviendo su mente en una bruma cálida a la que se entregó sin dudar.

7

Chester se encontraba a mitad de una reverencia cuando Archie se acercó hasta él y le dio un empujón. Tomado de sorpresa, y en una posición semiagachada, Chester cayó al suelo sin poder evitarlo y se golpeó la cabeza, abriéndose una herida de cinco centímetros en el cuero cabelludo. Todos dieron un paso hacia atrás, asombrados por la situación. Era la primera vez que veían a Chester Stanton caído y sangrando.
Archie se miraba las manos como no reconociéndolas. ¿De verdad había empujado a Chester? La bruma ya no era cálida, sino fría. La ira se iba convirtiendo poco a poco en miedo.
Chester se puso de rodillas. Se limpió un hilo de sangre que le corría por la frente con el reverso de su mano y la observó unos segundos. Nunca había visto su propia sangre y se sentía curioso. La olió y luego la lamió. Hizo un gesto de desagrado y escupió.
—Tú —dijo mirando a Archie.
Trató de ponerse de pie y todo le dio vueltas, como si se hubiera montado en un carrusel; vaciló y cayó al piso. Allí tendido se tomó la cabeza con las manos y dijo con un balbuceo:
—Cuando me ponga en pie, voy a matarte.
 Archie retrocedió unos pasos y chocó con el banco de cemento. Bajó la vista y vio el bate. Asustado como estaba, no dudó en tomarlo.

8

A escondidas de su madre, su padre le enseñó ciertas estratagemas de los bajos fondos. No siempre la gente está dispuesta a discutir amablemente, Archie. Por eso es mejor estar preparado, solía decirle.

9

—¿Qué pasa con Chester? —preguntó Archie a las luciérnagas—. ¿Qué quieren con él?
—Con él nada; el asunto es contigo. Tú eres la diferencia entre una solución pacífica y otra sangrienta. Necesitamos que hables con él y lo convenzas para que deje de lastimar a la fauna del bosque.
—¿Hablar con él? No creo que eso sea posible, no conmigo al menos. Chester y yo hemos tenido un altercado hace tiempo, y desde ese día mantenemos una distancia prudencial. Si me acercara a él lo suficiente para hablarle, no creo que me dejara ni siquiera abrir la boca: me tumbaría de un golpe al instante frente a todos.
—No será necesario tener público. Cuando llegue el momento, alguien vendrá a buscarte y te llevará al bosque para que seas testigo de las acciones de Chester. Allí vas a confrontarlo.
—¿En el bosque? —Archie se quedó con la boca abierta, totalmente pasmado, y tuvieron que pasar varios segundos hasta que pudo seguir hablando—. ¿Ustedes quieren que yo vaya al bosque, solo, y le diga a Chester que deje de hacer…? —Dudó—. ¿Me dijeron en algún momento qué es lo que les hace Chester?
—Chester nos está asesinando —respondieron las luciérnagas—. Mata por placer animales, aves o insectos. Se ha obsesionado con ello.
Archie asintió con la cabeza y se acercó a la ventana. Apoyó sus manos en el alféizar donde descansaba un yoyo hecho por su padre, que tenía como hobby tallar madera. Detrás de la casa había armado un pequeño taller para despuntar el vicio. Muchas veces Archie se acercaba para verlo crear. Así lo llamaba su padre: “crear”. Es el don que Dios me dio, Archie, decía mientras golpeaba con cuidado una gubia con una maza de madera. Todos tenemos uno, es cuestión de averiguar cuál es.
Archie tomó el bate de beisbol que se apoyaba al pie de la ventana. Él y su padre lo habían hecho juntos con un trozo de arce. Lo empuñó e hizo un swing. Las luciérnagas se dispersaron por la habitación temiendo que les acertara de un batazo. Luces y sombras bailaron en las paredes creando un enorme calidoscopio. Archie inhaló el aire nocturno y sus fosas nasales se llenaron con el aroma a pino del bosque cercano.
Con la vista fija en el oscuro cielo, deslizó la mano a lo largo del bate hasta llegar a una pequeña imperfección. Le dijo a su padre que en medio de un juego le lanzaron una bola rápida y la sacó del campo.
 Pero eso, claro, era mentira.
La verdad era que se había acercado y puesto cada pie a los costados del cuerpo de Chester. Levantó el bate por encima de su cabeza y esperó a que Chester alzara la vista y se diera cuenta de la situación. El rostro de Chester pasaba de la sorpresa al terror en ráfagas cada vez más rápidas. Y cuando Archie bajó el bate con fuerza, Chester gritó como jamás había gritado.


10

El bate golpeó el piso a centímetros de la sien de Chester y unas astillas de madera pasaron frente a sus ojos. Archie se acuclilló sobre él, apoyándose en el bate como si se tratase de un bastón, y le murmuró unas palabras. Solo Chester pudo oírlas, pero entre el alumnado circularon miles de versiones. La más popular era “La próxima vez no fallaré”, lo que despertaba grititos histéricos entre las niñas. Qué le dijo, nunca se supo, pero a partir de ese día se mantuvieron alejados uno del otro y se ignoraban mutuamente.

11

Las luciérnagas se reunieron en uno de los rincones del techo, y desde allí observaron al niño que seguía abanicando el bate mientras miraba por la ventana.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó una de ellas al grupo.
—Está en shock —dijo otra—. Démosle unos momentos.
Las otras estuvieron de acuerdo, pero siguieron manteniendo las distancias. Aquel bate les daba mala espina.

12

Archie Smith se sentó en la cama dejando el bate a su lado, sobre la manta.
—¿Y si me niego? ¿Qué sucedería si no quiero hacerlo?
Las luciérnagas se mantuvieron cautas y siguieron en el rincón.
—Las cosas se pondrían difíciles –admitieron—. Mientras nosotras estamos aquí hablando contigo, otro grupo está hablando con un oso. Si tú no puedes convencerlo, el oso se hará cargo del asunto.
—¿Un oso? —frunció el ceño Archie—. ¿Un oso de verdad?
—Un oso enorme y con bastante mal carácter. Se mostraría encantado de destripar al niño.
—¿Destripar? —El estómago de Archie dio un vuelco.
—O algo peor. Tal vez se lo coma.
—¿Comérselo?
—Para desaparecer todo rastro. Es lo mejor en estos casos. Se evita que el bosque se llene de cazadores.
—¿Pero comérselo? ¿No podría enterrarlo y ya?
—Los perros pueden encontrarlo. No, lo mejor es que se lo coma.
Archie se levantó de la cama de improviso y sacó la cabeza por la ventana, agarrándose con fuerza de la pulida madera del alféizar. Aspiró una profunda bocanada del frío aire nocturno y el estómago se le calmó un poco. Por encima de él, la luna era la única testigo de su nerviosismo. Se volteó hasta quedar con los codos apoyados en el alféizar y miró a las luciérnagas.
—Está bien —dijo—, voy a hacer lo posible.
Las luciérnagas bajaron del rincón y se detuvieron frente a él.
—Mañana vendrán a buscarte para llevarte al bosque. Estate atento. Ahora descansa, lo necesitas.
Archie se tumbó en la cama y las luciérnagas salieron por la ventana. Archie se levantó y la cerró. En lo que a él respectaba, de ahora en más dormiría con la ventana cerrada.
Volvió a acostarse y se tapó con las sábanas. Se durmió minutos después.
Soñó con osos.

13

Por la mañana, mientras se cepillaba los dientes, se dijo que todo había sido un sueño, una pesadilla. Luego, sentado a la mesa del desayuno, ya se había convencido de ello, y salió rumbo a la escuela montado en su bicicleta y olvidándose del asunto.

14

Las horas en la escuela pasaron lentas. Archie sentía los párpados pesados y no podía concentrarse en lo que explicaba el profesor. Cuando sonó el timbre dando fin a la jornada, Archie fue derecho al baño a mojarse la cara. El agua fría le corrió por el cuello y se le metió por debajo de la remera. Tiritó y dio un paso hacia atrás. Tomó unas toallas de papel mientras se dirigía a la puerta y la abría. Salió al pasillo secándose la cara y chocó con alguien.
—Perdón… —comenzó a decir, y levantó la vista. Frente a él estaba Chester. Y antes de que pudiera evitarlo, unas palabras salieron de su boca—: Tal vez se lo coma.
Chester alzó las cejas.
—¿Qué dijiste? —gruñó.
—Nada —dijo Archie dándose la vuelta, pero Chester lo tomó de la mochila y lo atrajo hacia él.
—No me agradas, niño —le dijo al oído.
En verdad, más que no agradarle, lo que sentía Chester hacia Archie era odio, un odio que lo corroía y burbujeaba dentro de él como ácido.
Aquel día de la manzana (fruta que nunca jamás pudo volver a comer porque ya verla le daba arcadas), todo el respeto que Chester había logrado alcanzar con los demás niños se desvaneció al instante y para siempre. Y fue a partir de ese momento que se refugió en el bosque y comenzó su rally de sacrificios. En cada animal sacrificado, Chester se imaginaba estar sacrificando a Archie. En su mente lo veía suplicándole piedad mientras lo cortaba con la navaja y la sangre manchaba la piedra. En ese mundo distorsionado, Chester era feliz y lograba una paz infinita consigo mismo. Pero después, cuando la fantasía se diluía y lo que se hallaba sobre la piedra era un inocente animal, el odio volvía. Y no volvía solo. Nunca lo hacia. El miedo venía con él. Porque, aunque nunca lo admitiría, Chester le temía a Archie. Ese día, cuando Archie se acuclilló sobre él y le murmuró al oído, había visto en sus ojos algo que lo aterrorizó, una especie de locura agazapada tras las pupilas. Chester estaba seguro de ello: era lo mismo que el veía en su espejo todas las mañanas.

15

Archie se hallaba en una posición incómoda, con las puntas de las zapatillas rozando el suelo y los hombros levantados hasta las orejas. Se sentía una marioneta en manos de alguien no muy ducho para esos menesteres.
Se había comenzado a juntar gente alrededor de ellos y Archie sentía que se ruborizaba. Trató de zafarse, sacudiéndose como un pez fuera del agua, pero solo logró que le dolieran los hombros.
—Suéltame —dijo con voz ahogada. Se dio cuenta que estaba a punto de llorar.
Pataleó y el talón de su pie izquierdo golpeó la rodilla derecha de Chester. Este lo soltó lanzando improperios y Archie se abrió paso entre los otros niños hasta las puertas dobles de vidrio que daban a la calle, y bajó los escalones del frente a trompicones.
Estaba destrabando la bicicleta del soporte metálico que sostenía la rueda delantera, y que ocupaba todo el costado del edificio, cuando oyó a Chester bajar las escaleras a la carrera.
—¡No huyas, cobarde! —gritó Chester, embebido en una euforia que le cosquilleaba en todo el cuerpo. La huida de Archie le había dado la pauta de que no era tan valiente y peligroso como él se había imaginado, y que capaz aquel día solo había tenido una chispa de valentía, la misma clase de chispa que salta del nudo de un leño ardiendo, asustándote por lo imprevisto del chasquido y nada más, solo eso.
Archie no se lo pensó dos veces: dejó la bicicleta y corrió calle abajo. No hacia su casa, sino hacia el bosque.

16

La calle pavimentada por la que corría Archie se volvía de tierra metros antes de llegar al bosque. Un cartel prevenía sobre la presencia de animales salvajes en la zona. No era extraño que algunas veces algunos mapaches se atrevieran a husmear en la basura, o que algún ciervo apareciera en medio de la calle comercial con ánimo curioso; además, el hospital de Bender contaba con una gran cantidad de suero antiofídico, ya que las serpientes solían meterse en las casas buscando calor.
Al ingresar al bosque, la calle polvorienta se transformaba en un camino bordeado de piedras; pero treinta metros después torcía a la izquierda y se convertía en un sendero. Archie corrió por él hasta que desapareció engullido por la maleza.

17

Chester se detuvo cuando vio desaparecer a Archie. No conocía esta parte del bosque y sabía que perderse en él era demasiado fácil. Su abuelo solía decir que el bosque era engañoso. Una vez (Chester lo recordaba como si hubiera sido ayer, aunque en ese entonces tenía cinco años), sentado en el porche, bebiendo limonada y con el pequeño Chester en las rodillas, le contó que fue al bosque con la idea de cazar algunos conejos para la cena y no pudo encontrar el camino de regreso. Vagó por el bosque una semana entera. “Lo peor eran las noches”, le decía al pequeño Chester, que escuchaba a su abuelo con los ojos abiertos. “En las noches el bosque se llena de voces”.
Chester nunca supo a qué se refería su abuelo con eso de las voces; pero su padre, que había escuchado la misma historia miles de veces cuando pequeño, le dijo que no le hiciera caso, que no era real, aunque sí admitió que su padre estuvo desaparecido una semana. “Mi madre decía que lo del bosque era una excusa, y que de seguro había estado en Welford con una de sus amiguitas, y gastando dinero jugando al póker”, le comentó un día mientras pescaban en un río sucio y angosto pero siempre lleno de peces.
Volvió sobre sus pasos y se detuvo al lado de la bicicleta de Archie. La quitó del soporte y se montó en ella. Miró el bosque por encima del hombro y se marchó silbando una melodía.
Se sentía bien.

18

Archie corrió hasta llegar a un grupo de árboles de verde follaje, mucho más verde que los que lo rodeaban. Se descolgó la mochila y la dejó caer. Apoyó la espalda contra uno de aquellos árboles y se deslizó hasta quedar sentado en el suelo. Se sentía cansado. Decidió quedarse unos minutos y luego volver. Archie pertenecía a ese grupo reducido de personas que parecen llevar dentro de ellos una brújula que les indica el camino y nunca se pierden. Es un don poco común, pero muy preciado. Archie creía que le venía de parte de su madre, ya que su padre era de perderse seguido.
Notó que la mochila estaba abierta. La acercó a él y vio que el cierre estaba roto. Qué bien, pensó.
—¿Problemas? —preguntó una voz.
Archie se sobresaltó y soltó la mochila. El contenido se esparció en la hierba. Buscó con la mirada quién había hablado, pero no vio a nadie.
—¿Hola? —dijo titubeante.
—Hola —contestó la voz—. Aquí estoy.
Desde la maleza asomó una cabeza peluda negra con una línea blanca que le corría entre los ojos hasta la punta del hocico.
—¿Archie Smith, verdad?
Archie asintió con la cabeza mientras tanteaba con su mano el suelo a su alrededor. Se topó con algo grueso y lo aferró. Si esa cosa se acercaba demasiado, se lo arrojaría.
—¿Qué haces aquí? —preguntó el animalito—. Esta parte del bosque es peligrosa.
Archie se encogió de hombros. De ninguna manera iba a responderle a ese animal; hacerlo significaría que había enloquecido. ¡Los animales no hablan, por Dios santo! Sopesó lo que tenía en la mano y por primera vez lo miró. Era su diccionario. Archie dudó. ¿De verdad se iba a defender de un ataque, si es que lo había, con un diccionario?
—Te creía más alto —dijo el animalito saliendo de la espesura. La línea blanca se ensanchaba a partir de la cabeza y le recorría todo el lomo hasta el final de la cola.
Archie, sin dudarlo, le lanzó el diccionario. La mofeta lo esquivó y alzó su cola.
—¡Ey! —dijo muy ofendido—. ¿Qué te pasa? No me provoques sino quieres terminar perfumado.
—Lo siento, lo siento —se disculpó Archie tapándose el rostro con las manos y espiando a la mofeta por entre sus dedos—. No quise hacerlo, estoy nervioso.
—¿Un diccionario? —inquirió la mofeta, que pasaba las páginas con su una de sus uñas—. ¿Me tiraste un diccionario? ¿Me lo puedo quedar?
—Claro —dijo Archie—. Es todo suyo.
—Gracias. Ahora ven conmigo –dijo la mofeta.
Pero Archie no se movió. Miraba a la mofeta con desconfianza.
—¿Pasa algo? —pregunto el animalito.
—Tenía entendido que ustedes eran de hábitos nocturnos —dijo Archie—. ¿Qué haces aquí de día?
—Horas extras —contestó la mofeta haciendo una mueca—. Vamos, debemos prepararte para el encuentro.
—¿Qué encuentro?
—El encuentro con el niño malo —respondió la mofeta—. ¿No te explicaron las luciérnagas lo que deberías hacer?
—¿Entonces no fue un sueño?
—¿Un sueño? ¿Creíste que era un sueño? —La mofeta profirió un sonido parecido a una risilla—. Esto es real, Archie Smith, y debes prepararte para lo que vendrá.

19

Chester llegó a su casa y tiró la bicicleta en el jardín delantero. Abrió la puerta y recorrió el pasillo hasta la cocina. De la heladera sacó un bidón de jugo de naranja y un tarro de mantequilla de maní. Dejó ambas cosas sobre la mesa y buscó un cuchillo y el paquete de pan. Untó varias rodajas con la mantequilla de maní y se las comió. Bebió el jugo directamente del bidón y parte de él se le escurrió por la barbilla. Se limpió con el dorso de la mano y salió por la puerta trasera. A izquierda y derecha se levantaba un seto que separaba las propiedades, pero al fondo había una cerca de madera de media altura con una puerta cerrada con pasador. Del otro lado se extendía una amplia franja de tierra desnuda que formaba una hondonada bastante profunda. En épocas de lluvias se convertía en un río caudaloso; y más allá, el bosque.
Se palpó el bolsillo trasero en busca de la navaja y saltó la cerca. Se deslizó por la hondonada arrastrando consigo piedras sueltas. Bajar era fácil, lo difícil era subir. Trepó ayudándose de pies y manos, y aún así resbaló varias veces. Cuando llegó a lo alto estaba cubierto de polvo.
De este lado el bosque raleaba y se notaba la mano del hombre. Había mesas y bancos de granito esparcidos aquí y allá.
El abandono del lugar era notorio. Años antes un incendio devoró esta parte del bosque, cobrándose la vida de dos de los bomberos del pueblo, y ya nadie quiso volver. Con el paso del tiempo el lugar tomó fama de embrujado y de esa manera se evitó que los niños se atrevieran a ir allí.
Chester caminó entre los bancos pasando las yemas de los dedos por la superficie áspera de las mesas.
—Es tiempo de vírgenes, vírgenes, vírgenes —canturreó—. Voy a buscar vírgenes, vírgenes, vírgenes.
Llegó a la última de las mesas e ingresó al bosque por un camino ancho. Anduvo por él unos treinta metros hasta una bifurcación. En vez de elegir alguno de los caminos, pasó entre dos árboles y siguió el paseo, ahora con la hierba cubriéndolo hasta las rodillas. Media hora después los árboles se abrieron para dar lugar a un claro en donde un estanque ocupaba gran parte. Chester se quitó las zapatillas y las medias, dejándolo amontonado al lado del agua, y rodeó el estanque chapoteando los pies en la orilla. Exceptuando ese sonido de chapoteo, el claro se hallaba sumido en el silencio. Pero Chester no se daba cuenta de ese detalle. Su mente se encontraba ya lejos.

20

Después de juntar las cosas y meterlas nuevamente en la mochila, Archie siguió a la mofeta. Las ramas bajas de los árboles le azotaban la cara y una le cortó la mejilla. Se mantenía a distancia de la mofeta y no le quitaba la vista de la cola. En algún lado había leído que estos bichos usaban unas glándulas anales para lanzar ese olor apestoso. En otras palabras, te bombardean a pedos, pensó. La risa se le escapó sin poder evitarlo y la mofeta se volvió para mirarlo.
—¿Y ahora qué pasa?
—Nada —dijo Archie. Se acomodó mejor la mochila, cuidando que no se le cayera nada—. ¿Falta mucho?
—Ya casi llegamos —dijo la mofeta emprendiendo el camino nuevamente—. Y si no nos apuramos, vamos a llegar tarde.
—¿Y a donde vamos?
—A hablar con los que saben.
—¿Y quienes son?
—La tortuga y el búho.
Archie se detuvo en seco. La mofeta no se dio cuenta y siguió caminando. Al rato volvió sobre sus pasos con cara de pocos amigos.
—¿Y ahora?
—¿Dijiste que voy a hablar con una lechuza y una tortuga?
—No es lechuza, es búho.
—¿Y cuál es la diferencia?
—La cabeza —dijo la mofeta—. Los búhos tienen unas plumas que parecen orejitas, mientras que las lechuzas tienen la cabeza bien redonda. ¿Ya terminamos con la clase de zoología? ¿Ahora podemos seguir nuestro camino?
Archie hizo todo el resto del camino arrastrando los pies, tratando de retrasar aquel encuentro lo más posible. Empecé hablando con luciérnagas, se dijo a si mismo, seguí con una mofeta, y voy a terminar el día conversando con un búho y una tortuga. Falta que me hable el lavarropas y me interno yo solito en un manicomio. ¿Por qué me pasan a mí estas cosas?
—Alto —dijo la mofeta levantando la cola. Archie se imaginó lo peor y retrocedió unos pasos. ¿Hasta cuantos metros llegaba el líquido apestoso que lanzaban estos bichos? De pronto, la respuesta a esa pregunta se volvió la más importante de todas. Por las dudas, retrocedió unos pasos más. El crujido de las hojas bajo sus pies le hizo darse cuenta del silencio que había caído en el bosque.
—Silencio —susurró la mofeta, y Archie se quedó quieto.
El animalito parecía observar algo. Archie aguzó el oído y escuchó un chapoteo. Se acercó despacio hasta donde se encontraba la mofeta y espió entre los arbustos. Vio un claro y un estanque. Estaba por preguntarle a la mofeta que ocurría, cuando en la orilla más alejada del estanque notó movimiento. Instintivamente se agachó. ¿Ese era Chester?, se preguntó. Esta vez se asomó con cautela y, efectivamente, era Chester el que estaba del otro lado del estanque.

21

Chester, ignorante de que lo observaban, se quitó la remera y la dejó caer al suelo. Sacó del bolsillo trasero del pantalón la navaja que había robado en el negocio de camping Wextter una vez que él y su padre fueron allí a comprar accesorios para pesca. Mientras su padre hablaba con el dueño, y éste le mostraba los anzuelos, Chester metió la mano bajo la vitrina y tomó la navaja. Era una navaja de las llamadas mariposa. El mago está dividido en dos mitades que pivotean a ambos lados de la base de la hoja. Chester tardó casi tres meses en saber controlarla. Se cortó varias veces.
Jugó con la navaja en su mano, haciéndola girar con rapidez, mientras que con la otra se desabrochaba los pantalones.  Sacudió las caderas y los jeans se le arremolinaron en los tobillos. No llevaba ropa interior.
—Busco vírgenes, vírgenes, vírgenes —cantó—. Quiero vírgenes, vírgenes, vírgenes.
Y así, con su culo gordo y fofo al desnudo, Chester Stanton entró al bosque a buscar a su nueva víctima.

22

—Está desnudo —dijo, anonadado, Archie—. ¿Por qué se desnuda?
—Para no manchar la ropa con sangre —le explicó la mofeta—. Luego entra al estanque y se baña; después se queda quieto mirando el sol hasta que se seca.
Eso es bastante lógico, pensó Archie. Pero otra cosa lo preocupaba.
—Tiene una navaja. No me dijeron que tenía una navaja.
—Supongo que eso te lo iban a decir la tortuga y el búho. Ahora ya es tarde. —La mofeta resopló y movió la cabeza de un lado a otro—. Nunca viene tan temprano por aquí, algo debe haber pasado.
—Yo me voy —dijo Archie poniéndose de pie y colgándose la mochila al hombro—. Esto no me gusta. Nunca me dijeron que tenía una navaja —repitió.
—No puedes irte —imploró la mofeta—. Si te vas, van a mandar al oso.
Archie no contestó y la mofeta lo tomó como una invitación a seguir hablando:
—Solo queremos asustar al niño, no matarlo.
—Pero él tiene una navaja —lo interrumpió Archie—. Ustedes temen que el oso se tiente y lo mate, pero no tienen ningún inconveniente en que Chester me mate a mí.
—Nunca ibas a estar en peligro —dijo con desdén la mofeta—. Nosotros íbamos a estar protegiéndote.
—¿Nosotros? ¿Quiénes son “nosotros”?
—Nosotros, los animales del bosque.
—¿Y qué tenían pensado hacer si él me atacaba?
—Defenderte, por supuesto.
—¿Y de qué manera?
—En verdad, no sé. Supongo que improvisaríamos en el momento. Para improvisar somos bastante buenos.
Archie frunció los labios y cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro. Volvió a preguntarse si no estaría soñando.
—Sabemos lo del ciervo –dijo de pronto la mofeta—. Eres delicado con los animales.
—¿Qué ciervo? —dijo Archie boquiabierto.
—El ciervo al cual le curaste la pata rota.
Ah, ese ciervo, pensó Archie.
Se ruborizó.

23

Había estado vagando por el bosque, cerca del barranco, cuando se topó con el ciervo. Fue de improviso y ambos se sorprendieron quedándose sin reacción, Archie con el corazón latiéndole enloquecido por una felicidad repentina, el ciervo con el corazón latiéndole enloquecido por el miedo.
 Estuvieron así unos tres segundos, momento en que Archie movió uno de sus dedos. Eso fue suficiente para que el ciervo se espantara y saliera huyendo a los saltos con tanta mala suerte, que perdió pie en el borde del barranco y cayó.
Archie se asomó y vio al ciervo tendido en el fondo. Se sintió aliviado al notar que estaba vivo, pero también se percató de que una de las patas delanteras estaba en una posición extraña. Así que volvió a su casa, tomó un maletín de juguete, y lo llenó de cosas que encontró en el botiquín de primeros auxilios del baño.
Al regresar al barranco, bajó con cuidado y le entablilló la pata lo mejor que pudo. El ciervo se fue rengueando, y Archie lo vio marcharse admirando su cornamenta astada.

24

Y eso fue todo.
Archie siempre se sintió culpable por el accidente del ciervo. Si él no lo hubiera espantado, el ciervo no hubiera caído. Pero parecía que otra versión había llegado a oídos de los animales, y ahora ellos creían que era una especie de salvador.

25

—Oye —dijo la mofeta—, ¿te sientes bien? Te has puesto pálido.
Archie se quitó la mochila y se sentó en el suelo, abrazándose ambas piernas y apoyando la frente en las rodillas.
—No, no me siento bien —dijo—. Ustedes tienen una idea equivocada de mí.
—¿Qué quieres decir? —La mofeta entrecerró los ojos. Algo en el tono de voz del niño la había puesto en alerta.
Archie levantó la cabeza y apoyó el mentón en las rodillas. Abrió la boca para hablar, y justo en ese momento escucharon un grito lleno de alegría. Archie se sobresaltó y cayó de espaldas; la mofeta siseó como un gato.
Archie se arrastró hasta los arbustos y espió entre las ramas.
Chester había regresado.

26

Traía algo en las manos, algo grande y grisáceo. Archie ladeó la cabeza. No estaba seguro, pero parecía un caparazón.
—Oh, Dios… —escuchó gemir a la mofeta—. No puede ser.
—¿Qué pasa? —dijo Archie en voz baja.
—Es la tortuga, nuestro líder.
—Las tortugas son todas iguales. Puede ser otra.
—No, no, no —sacudió la cabeza la mofeta—. Estás equivocado. Las placas de los caparazones nunca son iguales, son como las huellas dactilares.
Vieron como Chester caminaba por la orilla del estanque lanzando unos sonidos ininteligibles. Archie se dio cuenta que llevaba la navaja apretada entre los dientes. ¿Y dónde sino?, pensó. Se le ocurrió otro lugar, pero no creía que fuera muy cómodo.
Chester se detuvo y al lado de una piedra alta y plana donde depositó el caparazón. Desde el lugar donde estaba, Archie distinguió unas manchas oscuras en la piedra.
Chester comenzó un tonto baile alrededor de la piedra. Sus partes pudientes se sacudían obscenamente y Archie desvió la vista.
—Esto es demasiado —se quejó—. Yo me voy.
—¡Por favor, no te vayas! —le imploró la mofeta—. ¿Vas a dejar que le haga daño? Mira.
A regañadientes, Archie miró.
Chester había dejado de bailar y se acercaba a su victima con una piedra de gran tamaño entre las manos. Debía pesar bastante, ya que Chester iba inclinado y gruñendo por el esfuerzo. No había que ser muy inteligente para saber lo que pensaba hacer.
Un escalofrío recorrió a Archie.
No puedo permitirlo, se dijo. ¿Pero cómo lo detengo?
 —¡Haz algo, por favor! —rogó la mofeta—. ¡Va a matarlo!

27

La tortuga, desde la seguridad de su caparazón, vio a Chester con la piedra y supo lo que sucedería. ¿He vivido ciento cincuenta años para terminar de esta manera?, pensó. No hay justicia en este mundo. Pero si voy a morir, no moriré escondiendo la cabeza.

28

Chester se tomó un respiro y dejó la piedra en el suelo. La maldita pesaba demasiado. Por el rabillo del ojo notó movimiento y levantó la vista. La tortuga asomaba la cabeza. Chester sonrió y se quitó la navaja de la boca.
—Por fin te dignas a salir, maldita. ¿O eres maldito? Lo que sea, no importa. Iba a romperte con esta piedra; pero ya que asomaste el cogote, pienso que lo mejor será degollarte.
La tortuga abrió y cerró la boca con fuerza.
—¿Vas a morderme? —dudó Chester. Sabía que las tortugas no tenían dientes, pero sí un borde aserrado muy filoso.
Como toda respuesta, la tortuga volvió a abrir y cerrar la boca.
Chester dejó la navaja en el suelo y levantó la piedra. Un dolor bastante inquietante le subió por la espalda.  Comenzó a caminar alrededor de la tortuga. Esta lo siguió con la mirada hasta que lo perdió de vista a sus espaldas.
Oh, oh, pensó la tortuga.

29

Chester alzó la piedra hasta su rostro. El dolor de la espalda se profundizó, pero Chester lo ignoró. Tomó aire y levantó los brazos por sobre su cabeza. Parecía un pesista tratando de romper un nuevo record.
—¡Bombas fuera! –gritó alegremente.

30

Fue más de lo que Archie pudo soportar. Salió de entre los arbustos gritando incoherencias y gesticulando con los brazos.

31

Chester trastabilló y a poco estuvo de caérsele la piedra sobre su cabeza. Aterrizó a sus pies, a milímetros de sus dedos; pero Chester no pareció darse cuenta: su atención estaba puesta en la persona que venía corriendo por la orilla del estanque.
Se sintió furioso. Habían ultrajado su lugar secreto, su espacio íntimo.
Corrió hacia la navaja. Tenía todo el tiempo del mundo para alcanzarla. Pero cometió un error: se olvidó de la tortuga.
Esta se movió rápido cuando Chester pasó a su lado sin guardar las distancias y le mordió la oreja derecha. Chester gritó y se llevó la mano al oído. Los pies se le enredaron y cayó al suelo. Desde allí observó como la tortuga se comía el pedazo de oreja que le había arrancado.
Archie llegó hasta él y se lo quedó mirando. Chester fue consciente de su desnudez y se tapó los genitales.
—Haz estado haciendo cosas malas —dijo Archie alcanzándole los pantalones. Los había recogido en plena carrera—. Y si no te detienes, cosas malas te sucederán a ti.
—¡Tú no puedes amenazarme! —gritó Chester. Tenía el costado derecho de la cara manchada de sangre—. ¡No aquí!
—No te estoy amenazando, te estoy advirtiendo. Créeme cuando te digo que yo soy tu mejor opción.
Chester se colocó los pantalones y se puso de pie. Se levantó la cremallera de un tirón y Archie dio un respingó sin poder evitarlo.
La navaja había quedado entre los dos.
—No lo hagas —dijo Archie—. No podré salvarte.
—¿Salvarme de qué? —sonrió Chester
—Del oso.
La sonrisa de Chester se agrandó.
—No hay osos por aquí.
Archie titubeó. Ahora que lo pensaba mejor, no recordaba que hubiera osos en la zona. ¿Lo habían engañado? Si así era, su autoestima bajaría mucho. Embaucado por unos animales…
Chester aprovechó el momento y se inclinó para tomar la navaja. Pero Archie, sumido y todo en esos pensamientos deprimentes, se movió más rápido y pateó la navaja, que se levantó del suelo y se hundió en el estanque.
—¡Mi navaja! —gritó Chester entrando en el estanque y tanteando el fondo con las manos.
—Ayúdame —le pidió la tortuga a Archie. Chester hacía tanto ruido en el agua, que no llegó a escucharla.
Archie tomó a la tortuga por ambos lados del caparazón y la puso en la hierba. La tortuga sacó sus patas y se acercó al estanque.
—Escúchame —dijo con voz firme.
Esta vez Chester sí la escuchó, y gritó espantado a la vez que se introducía más en el estanque.  El agua verdosa le llegaba a mitad del pecho.
—Escúchame —repitió la tortuga—: debes dejar de hacer lo que haces. Está mal. Deja a los animales en paz o tendremos que llamar al oso. Él no sabe de segundas oportunidades, él devora.
—¡No quiero que me devoren! —gritó Chester—. ¡No quiero que me devoren!
Este muchacho no va a quedar bien, intuyó Archie. ¿Qué una tortuga te amenace mientras estás hundido en un estanque hasta el pecho? No es algo fácil de olvidar. Ese pensamiento lo llevó a otro: ¿Y entonces yo? ¿Qué queda para mí? Decidió que no era buen momento para pensar en eso.
—Vamos —le dijo la tortuga a Archie—, esto ya ha acabado.
Chester seguía gritando enloquecido dentro del estanque, golpeando las manos contra la superficie del agua.
—¡No quiero que me devoren! —¡Plaf, plaf! Chapoteo—. ¡No quiero que me devoren! —¡Plaf, plaf! Chapoteo—. ¡No quiero que me devoren!

32

Así lo encontraron tres horas después cuando una llamada anónima dio aviso a la policía. Cerca de allí hallaron una cámara de fotos de revelado automático envuelta en bolsas de nylon y escondida en el tronco de un árbol. Las fotos que acompañaban a la cámara eran de una crudeza tal, que uno de los policías vomito el almuerzo sobre sus zapatos.
Chester fue ingresado al hospital y estuvo un mes y medio internado en la sala de psiquiatría. El doctor que lo atendía tuvo la mala idea de hacerle una evaluación con las láminas de Rorschach. Chester saltó por encima de la mesa a la segunda lámina y le mordió las orejas, mientras gritaba:
—¡Tortuuuuuuugas! ¡Todas son tortuuuuuugas!

33

Archie no necesitó psiquiatras, pero les rogó día y noche a sus padres para mudarse a otro sitio. Le era imposible dormir sin tener pesadillas, y se despertaba gritando y bañado en sudor. En la escuela sus notas bajaron estrepitosamente, y no podía evitar dibujar en los márgenes de los cuadernos tortugas, mofetas y algún que otro oso parado en dos patas y mostrando sus garras.
—Claro que no hay osos por aquí —le explicó la tortuga a Archie antes de despedirse. La mofeta iba con ellos—. Para encontrar uno hay que ir varios kilómetros al Sur; allí hay a montones y de todos los colores. Esa fue una estupidez del búho, que abre la boca sin pensar. Creyó que diciendo eso calmaría los ánimos. Nunca pensó que varios animales apoyaran la idea; y cuando ocurrió, no pudo echarse atrás.
—¿Y por qué yo? ¿Porque ayudé a un ciervo?
—Eso pregúntaselo a las luciérnagas. Ellas te metieron en este brete.
—¿Y ahora? —preguntó Archie—. ¿Debo guardar silencio y no decir nada de todo esto?
—No —negó la tortuga—. Puedes decir lo que se te venga en gana. —Sonrió y miró a Archie a los ojos—. Igual, ¿quién va a creerte?

34

Un día de invierno dejaron la casa. Archie miraba por la ventanilla del auto como el bosque pasaba raudo a su izquierda. Daba la sensación de que era el bosque el que se movía y no ellos.
Llevó la vista al frente. Entre el espacio de los asientos pudo ver el camión de mudanzas que iba por delante del auto.
Cerró los ojos y se durmió. No tuvo sueños, o por lo menos nada que luego recordara. Cuando despertó, el bosque había desaparecido.






Título, ilustración y epígrafe pertenecen al libro "Los misterios del señor Burdick", de Chris Van Allsburg.

Este blog no cobra dinero ni lucra con los textos aquí publicados.
  
























    








































  










               












   

1 comentario:

  1. ¡¡ Espectacular, Adrián !!! ...

    Cuánto laburo detrás de tan genial historia...

    La ambientación del condado de Bender, la caracterización de Archie y Chester, la descripción de las particularidades de cada uno de los animales protagonistas, todo fantástico... Los diálogos, destacables como uno de los puntos fuertes de la historia, sin lugar a dudas...

    ¡Cómo me reí con la parte de los "bigotitos" en el diálogo entre el faisán y las tórtolas!... jajaja !!! ... Genial...

    Felicitaciones, Adrián, un lujo tu participación en "Los Misterios del Señor Burdick"...

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