martes, 27 de diciembre de 2011

HUÉSPEDES SIN INVITACIÓN

HISTORIAS EN EL PISO TRECE
Presenta
LOS MISTERIOS DEL SEÑOR BURDICK
De Chris Van Allsburg

 
HUÉSPEDES SIN INVITACIÓN

Su corazón latía desbocado
Estaba seguro que había visto girar el tirador de la puerta.

Escrito por Sebastián Elesgaray


1

Que porquería de mundo.
El pensamiento cruzó veloz por la mente de Ivrin, como un rayo surcando unos oscuros nubarrones. Pero en lugar de iluminar, el efecto que suscitaba era como el de un golpe, una revelación que acentuaba la negrura y la desesperación en la mente del enano.
No era justo. Él había vivido en ese lugar durante casi diez años y ahora, de la nada, aparecían personas a usurparle su vivienda. Claro que en principio no había sido totalmente suya, pero el tiempo y el esfuerzo que había puesto Ivrin en reconstruir y mantener los cimientos del lugar, lo hacían un propietario espiritual, una condición más que valorable en un mundo que cada día estaba peor.
Sin embargo, lo que más le molestaba, era la impunidad. La falta de escrúpulos a la hora de desplazar al pobre enano cada vez a un rincón más oscuro y apartado de la casa. Ellos, las personas, los residentes invasores, habían decidido quedarse, infundiendo miedo al pequeño Ivrin, que no tenía más opción que ir escondiéndose cada vez más.
Ahora estaba en el sótano. Peor aún, estaba en la baulera del sótano, un lugar húmedo y oscuro, sin ventanas ni entrada de aire fresco. Allí dentro no había casi nada. Unas mantas raídas y apelmazadas de mugre, un par de botellas vacías, algunas maderas y nada más.
Sabía que estaba seguro allí, porque la puerta estaba hecha exactamente a su medida, era pequeña y los residentes invasores no cabrían por allí. Sin embargo, ese no era un consuelo suficiente para el corazón del enano, que consideraba una burla el tener que esconderse en su propia casa.
Sentado en un rincón, Ivrin tomó un pedazo de madera, casi tan largo como él, y comenzó a manosearlo. La cabeza le daba vueltas, ya que en solo dos días, había tenido que replantearse toda su vida debido al abrupto cambio sobrevenido.
Con parsimonia, movió sus dedos por la madera, sintiendo su textura. Algo iba a tener que hacer. No sabía bien como lidiar con eso. No tenía amigos, su familia se había ido hacia tiempo y los de su raza, cada vez eran menos. Ivrin siempre se jactaba ante sí mismo por la enorme suerte de haber encontrado una residencia lejos de todo, para poder armar su vida en tranquilidad ante los últimos cambios que habían sobrevenido a su tierra.
Sin embargo, parecía que ahora iba a tener que lidiar con un problema de gravedad que amenazaba con aniquilar su estilo de vida tal como lo conocía.
En eso, se oyó un ruido. Alguien abría la puerta del sótano y bajaba por las escaleras.
Ivrin se puso en tensión enseguida, cavilando que ya era hora de terminar con el asunto. Esconderse no era una solución. De una forma u otra, tenía que enfrentar a sus invasores.
Sin embargo, aguardó.
Precipitarse no sería adecuado.

2

Yvanna bajó las escaleras con parsimonia. No le gustaba su nueva casa, mucho menos el sótano. Era sucio y húmedo, con tan solo una pequeña ventana que dejaba pasar con tristeza la luz del sol. Estaba bastante desordenado por la mudanza, y tenía que organizar un poco las cosas ahí abajo, lo cual le molestaba sobremanera.
Para sus trece años, Yvanna era una chica bastante desarrollada. Era alta, con un físico imponente. Tenía unas piernas torneadas y bien formadas, que subían hacia una cintura curva, reflejo del cuerpo de una mujer más que de una niña. Siempre llamaba la atención al decir su edad, ya que aparentaba más de la que en realidad tenía. Sin embargo, ella no se hacía complejos respecto a eso. Le gustaba aparentar más años, sentirse grande y no una pequeña. Si tenía que crecer apresurada, que se le iba a ser; aceptaría su destino de la mejor manera.
Pisando con cuidado para no levantar demasiado polvillo (odiaba la tierra, como se pegaba al pelo y a la piel, y le disgustaba sentir la ropa sucia), caminó los últimos tres escalones y observó el sótano de su nuevo hogar.
Era bastante desagradable. No solo por la mugre que cubría el suelo y pegoteaba la única ventana. No solo por las paredes grises y sin vida que coronaban el aspecto desahuciado. Tampoco influía el hecho de que todo el lugar pareciera viejo y cansado, como si esperara ser sellado o destruido de alguna forma.
La sensación de desasosiego que le influía el sótano a Yvanna provenía de otro lado. Algo que no sabía como definir. Como si su persona estuviera fuera de lugar ahí. El sentido de pertenencia era inexistente, y no por ser "nueva".
Pero su familia ya la había ocupado y, dada las circunstancias en todos lados, no había quien les dijera lo contrario. Lo mejor para ella sería encontrar la forma de acostumbrarse como pudiera. Era eso o hacer un berrinche como una nena chiquita, algo que Yvanna había dejado de lado hacia tiempo.
Al pie de la escalera, observó el lugar. El único patín de su madre colgaba de un clavo en la pared. Ella había sido una gran patinadora sobre hielo, pero una lesión grave la había dejado fuera del deporte. Y, como recuerdo, había decidido conservar solo un patín. Una actitud que su hija nunca había entendido, pero tampoco cuestionado. Y, dado que su madre había muerto hacia un par de años, la pregunta quedaría inconclusa hasta que la viera otra vez, tal vez en el final de su propia vida.
Yvanna notó frente a ella la pequeña puerta de madera que, según su padre, debería dar a un "sub-sótano" o baulera, donde habría guardadas vaya a saber que cosas. Tenía prohibido abrir dicha puerta, ya que podría haber dentro algún insecto o bicho peligroso. Claro que ella tampoco tenía muchos deseos de abrirla, por lo que su mirada se concentró en el resto de la habitación.
Contra el rincón estaba enrollada una gran alfombra, que antes había tapizado el suelo del living en su anterior casa. El padre de Yvanna había insistido en llevarla, así como mucha basura más, considerando que a todo se le podía dar uso. Por lo que su hija quedaba a merced de diarios viejos, botellas con líquidos extraños, cuadros antiguos, juguetes guardados en vano, latas vacías, latas llenas, y un montón de cajas que vaya a saber el destino que tenían dentro.
Lanzando un bufido y poniendo los brazos en jarras, Yvanna recorrió todo eso con la mirada. Acto seguido, se dirigió hacia una caja de cartón de la que sobresalían un par de cables y un rollo de cartón corrugado. La mejor forma de empezar era esa: Empezando.
Que porquería de mundo, pensó con sorna Yvanna.
Sacó el cartón y este se deformó en sus manos debido a la exposición húmeda que había recibido estando en el sótano durante un par de días.
Bueno, esto a la basura.
Luego sacó los cables y, enrollándolos prolijamente, los dispuso en un costado, para preguntarle a su padre donde guardarlos o si había que tirarlos (cosa que no creía, porque su padre era propenso a guardar todo).
Pasados unos minutos, Yvanna se encontraba enfrascada en el trabajo. Y, con sorpresa, se dió cuenta que la divertía revisar las cajas y encontrar cosas que creía perdidas o de las cuales no tenía casi recuerdos. Alguna muñeca vieja, los botines de su hermanito, fotos de parientes que nunca había conocido. A cada nuevo descubrimiento, Yvanna lo observaba y revisaba, tratando de pensar de donde había venido y buscando en su cabeza algún recuerdo que lo relacionara. No con todos lograba armar alguna relación, pero era una buena forma de entretenerse mientras ordenaba y clasificaba.

3

Ivrin notó que la madera contaba con un par de clavos en una de sus puntas. No era un enano de sonrisa fácil, pero en ese momento, las comisuras de sus subrepticios labios se levantaron, dejando ver una hilera de dientes amarillos y superpuestos. El pelo largo le caía en la frente, enmarcando sus ojos con una línea de cabellos negros apelmazados por la mugre.
Acomodó a gusto la madera en su mano y la sopesó. Era adecuada, ya que la humedad no la había desintegrado. La defensa ante los invasores era una necesidad. Del otro lado se oían muchos ruidos. De seguro estarían acomodando todo allí y, cuando terminaran, irían a por él.
Tal vez tenga suerte, pensó Ivrin. En una de esas, no se les ocurre revisar aquí dentro, ya que no hay posibilidades de que encuentren algo de utilidad, y me dejen en paz.
Lamentablemente, la pequeña puerta no contaba con una llave, lo cual daba a cualquiera la posibilidad de entrar con impunidad. Ivrin no había tenido tiempo o elementos para trabarla de forma adecuada,  y eso lo ponía en una posición vulnerable al querer permanecer escondido.
Pero eran pensamientos que ya poco importaban. Oculto en esos lugares recónditos, donde los seres vivos gozaban de la oscuridad y del dolor, Ivrin el enano estaba a punto de descubrir que el miedo era tan solo un impulso que daba como resultado acciones desenfrenadas. Y también iba a descubrir que, cuando se creía tener en las manos la verdad absoluta, escuchar al otro era secundario.
Aún cuando te pedían por favor que te detengas.

4

El sol había bajado, pero la luz natural aún le permitía seguir trabajando.
Yvanna tenía toda sudada la pechera de su camiseta. El pantalón de franela que tan cómodo sentía cuando había bajado las escaleras, ahora se le hacía pesado y pegajoso.
Respirando agitada, corrió las últimas cajas hacia un rincón. Luego de apilar una sobre otra, se pasó una mano llena de tierra por la frente, que dió como resultado un manchón de mugre. Pero no estaba molesta ni disgustada por su higiene. El trabajo le había despejado la mente y le había sentado bien. De seguro esa noche, después de un buen baño y una rica cena, dormiría como una marmota.
Observando con ojos brillantes todo el sótano, la niña sonrió. En eso, oyó que la puerta de entrada se abría y alguien bajaba la escalera.
—Bueno —dijo su padre mientras pisaba el suelo del sótano—. Parece que no perdiste el tiempo, mi niña.
—Pues claro —respondió con humor desafiante Yvanna—. No criaste una holgazana.
El Señor Fleming le sacó la lengua de forma burlona. Luego dió una mirada al lugar y asintió satisfecho. De seguro que su hija no era una holgazana y había realizado un excelente trabajo organizando todo en los estantes y poniendo las cajas ordenadas contra la pared. Ahora solo restaba limpiar un poco, para tratar de paliar la tierra acumulada por años.
—Muy bien señorita. Se ha ganado su recompensa.
—¿Y cuál es esa? —preguntó Yvanna esperanzada.
—Sorpresa —respondió su padre, dando por terminado el asunto.
Yvanna fingió molestarse, pero rió al instante. De seguro su padre le tenía preparado algo genial, nunca fallaba.
—Imagino que me hiciste caso y no abriste la pequeña puerta, ¿verdad?
—Obvio papá —contestó muy seria la niña.
El Señor Fleming miró a Yvanna y luego a la puerta.
—Puede haber cualquier bicho ahí adentro. Quien sabe. No quiero que corras peligro con alguna picadura o algo parecido.
Yvanna se estremeció de solo pensar en que alimañas podrían habitar aquel oscuro y húmedo lugar. No le hacia gracia comprobar por si misma tal hecho y se alegraba de la presencia de su padre en el sótano para abrir esa puerta.
Era eso, o dejarla cerrada para siempre.

5

Ivrin los escuchaba hablar. No entendía bien que decían, porque el diálogo le llegaba distorsionado, difuso. Pero de seguro planificaban. Deberían saber que él estaba ahí. Tal vez había dejado algo que les daba la pauta de su presencia sin darse cuenta. Cuando había descubierto que su casa iba a ser ocupada, había tratado de cubrir de la mejor manera posible su retirada. Por ahí, había dejado algo en el camino, no sabía.
Pero no se les va a hacer fácil, claro que no.
Aferró la madera con fuerza. Le temblaban los brazos. Sentía una película de sudor en todo su pequeño cuerpo. Apretaba las mandíbulas con fuerza, marcando sus maxilares como si de dos rocas se trataran.
Ivrin consideró oportuno no darle el gusto a sus invasores. La sorpresa debería ser su arma letal. Por lo que acercó la mano libre al tirador de la puerta y lo giró.

6

El Señor Fleming tenía sus manos cubiertas con un par de guantes de trabajo de una dura tela, gruesa y resistente. Esperaba que al meter las manos en la baulera nada lo picara o atacara por sorpresa. Claro que se caracterizaba por ser una persona optimista, pero nunca sobraba ser precavido. Más si se tenía en cuenta que no conocía lo que había del otro lado de la puerta.
En ese momento, mientras Yvanna miraba hacia la ventana y cerraba los ojos ante los últimos rayos de sol que se colaban anaranjados por el sucio vidrio, el Señor Fleming pestañeó sorprendido. Consideró la posibilidad de que el cansancio por la mudanza y el hecho de encontrarse en un nuevo lugar le hubieran jugado una mala pasada.
Pero no. Su corazón latía desbocado. Estaba seguro de que había visto girar el tirador de la puerta. Podía notar como la pequeña perilla de bronce se movía despacio, casi con timidez. El preludio de la sorpresa verdadera.

7

Ivrin no intuyó movimiento alguno al otro lado luego de girar el tirador. Esperó un par de segundos y entornó la puerta. Los últimos vestigios luminosos del día le llegaron con fervor a los ojos, los cuales contrajeron sus pupilas para compensar el repentino fulgor naranja. La pequeña mano del enano sudaba copiosamente aferrando la madera. Los nudillos blancos simbolizaban el pánico que sentía, por su accionar desenfrenado al cual iba a sucumbir.
Abrió la puerta del todo. El sótano al cual le había dedicado años de descuido, se presentaba ahora lleno de cajas y cosas las cuales no eran suyas. De seguro el próximo paso sería limpiarlo, lo cual movió cada fibra de Ivrin como si de espasmos se trataran. Espasmos que rompían con cada grado de autocontrol que pudiera tener.
Con rapidez, dirigió su mirada al humano que tenía frente a él. Era un hombre de hombros anchos y rostro cuadrado, decorado con un bigote espeso. Sus ojos, abiertos de par en par, se mantenían fijos en Ivrin, el cual sonrió satisfecho ante la parálisis corporal del hombre.
Dando un grito grave y rasposo, se lanzó con la madera en alto ante el humano. En la última zancada se dió impulso y, dando un salto, descargó un golpe certero a la pantorrilla derecha del Señor Fleming, que no atinó a moverse para nada. El asombro y la fascinación por la aparición de una criatura a la que consideraba extinta lo había dejado duro.

8

Yvanna observó con pavor como un enano salía corriendo de la pequeña baulera, alzando sobre su cabeza una madera con dos clavos oxidados en su punta. También pudo ver como el pequeño le clavaba dichos clavos en la pierna a su querido padre, el cual gritaba con asombro al ataque desmedido y sorpresivo.
Pero la hija del Señor Fleming tenía algo de acero en su corazón. Reaccionó rápido y corrió hacia el enano, que se disponía a dar un segundo golpe, esta vez en la cabeza de su padre, el cual se encontraba arrodillado tapándose la herida con una mano.
Yvanna logró patear a Ivrin en el estómago con fuerza suficiente como para alejarlo un par de metros. Sintió que su pie enfundado en una zapatilla de tela comenzaba a latir de forma regular. Sabía por historias, que los enanos tenían un cuerpo musculoso y duro, pero era la primera vez que veía uno. Y, por descontado, la primera vez que pateaba uno.
—Padre, ¿estás bien? —interrogó Yvanna preocupada, agachándose a su lado.
El Señor Fleming se tomaba la herida con una mueca de dolor en su rostro, pero no parecía que fuera a desmayarse.
—Si —respondió este—. Creo que si.
En ese instante, Ivrin se puso de pie, reacomodando la madera en su mano.
—Intrusos, invasores, huéspedes sin invitación —espetó en un susurro colérico.
Yvanna observó con horror que le chorreaba una baba amarillenta por la barbilla. Tenía las piernas separadas, dispuesto a tomar carrera para arremeter otra vez. Su rostro era una máscara deforme, el reflejo desencajado de la ira y la locura.
—Tranquilo, por favor. Nosotros no te hicimos nada —dijo Yvanna con el rostro compungido y alzando las manos en señal de inocencia. El enano se limitó a sonreír y avanzó resuelto con la madera en alto. Dando las zancadas más largas que le permitían sus cortas piernas, se lanzó sobre la niña con un grito.
Con toda la fuerza de la que era capaz, el Señor Fleming interpuso su hombro en el camino de Ivrin, logrando que este saliera despedido contra la pared. Al golpearse la cabeza con el duro cemento, sintió que el mundo daba una vuelta y quedaba al revés.
A pesar del esfuerzo titánico realizado, las manos resbaladizas de la realidad soltaron a Ivrin y lo dejaron caer a la oscuridad.

9

Despertó despacio, pestañeando y sintiéndose mareado. Intentó levantar la cabeza, pero le fue imposible. Una terrible puntada en la nuca le impidió moverla y tuvo que dejarla caer, resignado.
¿Qué había sucedido?
Luego notó la penumbra. Ya debería ser de noche, pero no creía que hubiera pasado mucho tiempo.
¿Mucho tiempo de qué?
Del golpe.
¿Qué golpe?
Lo habían atacado por sorpresa y ahora estaba pagando el precio.
No recordaba bien. Se le venían imágenes inconexas, flashes de lo que debía haber pasado.
Sabía que estaba en el sótano. El suelo frío y duro, sumado a la cantidad de elementos desperdigados, le daban el contexto.
Una vez que sus ojos se acostumbraron a la penumbra, notó que detrás suyo había una fuente de luz. Era un resplandor anaranjado, de seguro producto de una lámpara de gas.
Con esfuerzo, giró la cabeza hacia la izquierda y vió a sus hijos. Yvanna y Matis estaban maniatados y con sendos moretones en sus pequeños y frágiles rostros.
Y de repente, recordó todo. El ataque sorpresivo y desenfrenado del enano. Los clavos abriéndole heridas en su carne. La sangre brotando y el miedo al notar que Yvanna se lanzaba sin pensar sobre el enano, dándole una patada bastante efectiva que lo mandaba a volar algunos metros.
Y luego, él mismo. Despavorido al ver que el maldito loco no se rendía y quería clavar a su hija. Después, interponiendo su hombro con toda la fuerza de la que era capaz a pesar de tener un pie herido.
Sin embargo, después de eso, lo había sobrevenido la oscuridad. Lo habían golpeado por detrás, de forma cobarde. ¿Pero quién había sido?
Notó movimiento detrás suyo. El resplandor fluctuó y alguien se interponía delante de la fuente de luz. Luego, una voz chirriante dijo:
—Te habías olvidado de tu primo, ¿qué pasa por esa estúpida cabeza tuya?
Dos voces rieron al unísono con fuertes carcajadas.
—No, no me olvidé. Pero la última vez que te contacté no obtuve respuesta. Y después, todo se fue muy al diablo como para intentar de nuevo. Se me ocurrió que estarías muerto en alguna zanja, criando pobres gusanos que tendrían la desdicha de comer tu asquerosa carne —declaró en un tono más grave y desganado otra voz.
El Señor Fleming empezó a desesperarse. Quiso mover sus manos, pero se encontró que tenía atadas sus muñecas con fuertes nudos. Intentó con los pies, pero encontró el mismo panorama. Giró otra vez la cabeza, y vió que sus dos hijos lo miraban con los ojos abiertos como platos. Lágrimas corrían por sus blancos rostros, manchados con tierra y violáceos en algunos puntos, debido a los moretones. El Señor Fleming se preguntó como habrían agarrado a su niño, pero rápidamente desecho la duda. Lo importante en ese momento era tratar de liberarse.
—Mira, se despertó el mayor.
El Señor Fleming trató de buscar la fuente de la voz, pero le fue imposible girar el cuello hacia atrás. Se preguntó si lo habrían desnucado, lo cual lo dejaba en una considerable desventaja para enfrentarse a sus captores.
Instantes después, dos enanos se pusieron frente a él. Reconoció con rapidez a uno de ellos. Tenía las ropas sucias y un enorme chichón rojo en la frente, de seguro producto del golpe contra la pared. Un hilo de sangre seca le llegaba hasta la ceja y la sangre roja se pegoteaba un poco con los pelos. Sonreía, con esa mueca desencajada, que nublaba y desechaba cualquier uso de razón.
El otro era todavía más bajito que el enano herido. Tenía una prominente panza que le colgaba con impunidad, y unos brazos gruesos, ejecutores. Su rostro rubicundo y enérgico se contraponía a su mirada, que era fría y reflexiva. Ladeó un poco la cabeza, como si una melodía que él solo pudiera escuchar le llegara a sus oídos. Acto seguido, dijo:
—¿Con cuál quieres empezar?
El enano herido ensanchó su sonrisa y desvió su mirada hacia Matis.
—Con el niño. Lo hacemos rápido y sin dolor. Fue bastante neutral en todo esto, el pobre.
El pánico jugueteó con la conciencia del Señor Fleming. Le rozó y le hizo gritar:
—¡No! ¿De qué hablan?
El segundo enano, habló:
—Mi nombre es Dixit. Este es mi primo Ivrin. El vive en esta casa desde hace mucho y, con su atrevida llegada y consolidación, lo han desplazado al rincón más oscuro y horrible. Y, por si eso no fuera poco, tuvieron el descaro de atacarlo como si de un animal salvaje se tratara —hablaba pausado, con una voz suave y casi sin inflexiones—. Por suerte llegué. La idea era darle una sorpresa a mi querido primo, sin embargo, me encontré con un niño extraño usurpando el living con descarada soltura. Lo demás, hasta un humano degenerado como usted puede deducirlo.
Calló, mirándolo fijo e infundiendo en el Señor Fleming más pavor del que podía soportar.
—¡Nosotros no sabíamos, no quisimos inmiscuirnos en su vida! ¡No hay necesidad de hacernos nada!
Se movía con frenesí, tratando de zafarse de sus ataduras para alcanzar a sus hijos, protegerlos de alguna forma.
En eso, Dixit sacó de su espalda una pequeña espada, larga como su brazo, y la puso en el cuello del Señor Fleming. Luego se agachó y puso su rostro cerca, tirándole el aliento caliente justo a la nariz y la boca. Con los dientes apretados declaró:
—No, por supuesto. Nunca quieren hacer nada. Pero, a costa de otros, ustedes viven pisoteando a quienes se interponen en su camino. Y para serle sincero, señor, la etapa de negociaciones resulta asquerosamente inservible cuando se trata con humanos.
El Señor Fleming descubrió con creciente pánico que ambos enanos estaban locos. Pero mientras Ivrin exteriorizaba esa locura con una sonrisa macabra y actitudes desenfrenadas, Dixit se mantenía frío, calculador y tranquilo. Desde una perspectiva centrada, eso resultaba aún peor.
—¡Pero...!
—Silencio —rugió Ivrin—. Estoy harto de sus excusas lastimeras.
Caminó raudo hacia el Señor Fleming, y le plantó en la boca una pelota de color verde con dos tiras de cuero a los costados. Las ató a su nuca con fuerza, arrancándole ramalazos de dolor al hacerlo.
—Listo —dijo mientras se ponía de pie—. Con eso se queda en silencio.
Dixit sonrió y también se puso de pie. A diferencia de Ivrin, la sonrisa del segundo enano era una mueca de regodeo, de disfrute. La clase de sonrisa que ponía alguien cuando estaba a punto de realizar lo que más le gustaba.
—Vamos a ser piadosos con respecto a tu niño. Si quieres, puedes mirar hacia otro lado. No te vamos a obligar a verlo.
Ivrin rió con una fuerte carcajada, la cual retumbó en las paredes de cemento con gravedad. Luego dijo:
—Tal vez te conviene mirar. En una de esas, te ayuda a aceptar tu suerte.
Tratando de zafarse, con ademanes abruptos, el Señor Fleming se movía frenético y desesperado. Parecía una serpiente convulsionando. Pero los nudos eran fuertes, y por más que era de hombros anchos y contextura física fuerte, no podía hacer mella ante su captura.
Dixit caminó lento hacia Matis, con la espada colgando despreocupada de su mano. Pasó frente a Yvanna sin mirarla, dejando que sus ojos se regodearan con la víctima de la que iba a encargarse en ese momento. No había necesidad de saltar desenfrenado de humano a humano. Uno por vez era lo mejor.
—¿Sabe señor? Cuando estuve en la guerra, vi como un humano mataba a mi hijo. Claro que usted puede decir: "Yo no era, yo soy distinto, no tengo la culpa de que tu hijo haya sido asesinado en manos de una maldita escoria". Pero yo creo que son todos iguales. Me parece que a medida que el tiempo avanza, que el mundo se deshace poco a poco, ustedes los hombres refuerzan esa altanería y ese orgullo que los llevaron a creerse los amos y señores del planeta. Y fueron esas cosas, las que hicieron que hoy estemos así. Así que acepte su destino, señor. Tome lo que se le da como una redención y ruegue porque se le de la oportunidad de comenzar otra vez, por tener en algún otro mundo o universo la posibilidad de hacer las cosas mejor.
¡Ya las hice! ¡Nunca lastimé a nadie con impunidad!, trató de gritar el Señor Fleming. Pero obviamente que la pelota en su boca se lo impidió, quedando su grito estancado en su mente, el eco desesperado del miedo.
¿Y de verdad había sido tan bueno? Porque matar a tu mujer, a tu esposa, por más infiel que fuera, era un pecado. Y esconder algo así a los hijos, podría llegar a ser motivo para arder en la mazmorra más oscura y abyecta del infierno.
Sin embargo, el arrepentimiento era absurdo. Y no todas las acciones de la vida se relacionaban. La casualidad podía de vez en cuando ganarle a la causalidad. Resultaba un consuelo estúpido y algo enfermo, pero a pesar de ser un padre ejemplar y una persona querible, el Señor Fleming resultaba algo enfermo. Claro que esperaba morir sin que nadie lo supiera.
Y eso, dada las circunstancias, resultaba harto probable.
Dixit llegó frente a Matis. Lo miró durante un rato que al Señor Fleming se le hizo eterno. Luego, levantó la espada y, tomándola con ambas manos, apuntó al estómago del niño.
—Perdona —dijo—. No es nada personal, quería que lo supieras.
Acto seguido, bajó la espada. El acero ingresó limpio por el estómago del niño, abriendo y desgarrando piel, carne y vísceras sin discriminar nada. El enano realizó un movimiento experto y la espada subió, dando como resultado un tajo que iba desde el ombligo hasta el pecho de Matis, dejando al descubierto todo su interior. La sangre brotó rauda y con fuerza, como solo la sangre de alguien joven y sano podía salir.
Matis dejó de respirar en el instante que la espada se alejaba de su cuerpo. En cierta forma, lo planteado por Dixit era verdad. Había sido piadoso y rápido.
Yvanna lloraba con fuerza. Sus gemidos resultaban desgarradores para el Señor Fleming, que se había quedado duro con los ojos como platos, observando el cuerpo sin vida de su hijo. El niño que una vez le había dicho "te quiero", mirándolo con sus pequeños ojos celestes y con una sonrisa de sinceridad plena en el rostro.
Dixit miró su espada, con una mezcla de admiración y recelo.
—Nunca pude entender como algo tan sencillo resulta tan... Fuerte. Es solo acero afilado, con un mango —dijo. Una gota de sangre chorreó por el filo y fue a posarse con lentitud en el canto de su mano. Ivrin se acercó a su lado y comentó:
—Bueno, será que depende de quien la use, ¿no?
Dixit lo observó y no dijo nada. Pero le tendió la espada, que Ivrin tomó con el mayor de los gustos. Giró y miró al Señor Fleming, que empezaba a forcejear con sus nudos otra vez, desesperado por hacer algo. Sin embargo, su cuerpo le informaba a su cerebro que estaba atrapado y que las posibilidades de liberarse era nulas.
—Ahora sigue tu niña—. Hizo una pausa y le sonrió—. Ella me pateó, lo notaste, ¿verdad?
Se puso frente a Yvanna. La niña lo miró despavorida y forcejeó con desesperación. Pero el cansancio en su cuerpo y la efectividad de los nudos le hacían imposible salvarse.
—Ayúdame a darla vuelta —pidió Ivrin a su primo.
—¿Qué tienes pensado? —dijo Dixit mientras se agachaba y tomaba a la niña por los hombros.
El rostro de Ivrin se contrajo y la sonrisa en su rostro desapareció. La mirada oscura que nublaba sus ojos resultaba escalofriante; más lo que en realidad espantó al Señor Fleming, fue el bulto en la ingle del enano, que impulsaba un temor mucho más desesperante que cualquier otro.
—Voy a hacer sufrir de verdad a esta niña.
Dixit terminó de girar a Yvanna, y su mirada quedó a la altura de la ingle de Ivrin. Notó que la erección de su primo resultaba descomunal en comparación a su corto cuerpo. Nunca había tenido que parar a Ivrin para que hiciera algo indebido. Sin embargo, nunca se le había dado por violar a nadie, lo cual conformaba a Dixit, que creía que el sexo como coacción y ataque era repugnante.
Irguiéndose, manifestó:
—No.
Esa simple palabra pareció activar un mecanismo de defensa en Ivrin, que entornó los ojos.
—¿Qué no?
—Por favor, no lo hagas —dijo Dixit—. No somos así.
—Voy a hacer lo que quiera. ¿Te ha dado un ataque de moralidad, de insensatez? Merecen sufrir, ya sabes como son.
La negociación con los humanos resultaba inútil para Dixit. Pero la negociación con un loco podía ser peor.
—Vamos, solo mátala, ¿está bien? No tienes porque hacerle sufrir cosas que no merece.
Ivrin le plantó cara y le espetó con un grito:
—¡No me digas qué hacer! ¡Me invadieron y quiero mi paga!
Dixit lo miró largo y con fingida comprensión. Luego contestó:
—Lo que te haga feliz, primo.
Ivrin sonrió y se giró, apoyando la punta de la espada en el suelo de cemento y usándola como estabilizador para agacharse. Tomó una nalga de la niña y la apretó, abriendo un poco la boca y largando un involuntario gemido, que sonó como la satisfacción de un retrasado mental al acabar su primera masturbación.
—Niña bonita, niña bonita —dijo en un lascivo y repugnante susurro.
Luego tomó el pantalón de la niña y acercó el filo de la espada, con la intención de romper la tela. Pero Dixit, un enano que disfrutaba de la sangre, la muerte y el placer de asesinar, no consideraba ético la violación. Era una actitud discutible para alguien con un poco más de cordura, tal vez. Pero en su mente se presentaba con claridad y la consideraba como una verdad intachable.
Dió algunos pasos hacia atrás y recorrió con la mirada el sótano. No tenía ningún arma a mano, pero la luz de la lámpara de gas reflejó algo en lo alto, colgado de la pared. Dixit se acercó, mientras escuchaba que la tela del pantalón de Yvanna se rasgaba.
Al observar con más detalle, pudo notar que lo que había producido el reflejo era el metal de un patín de hilo. Sin perder tiempo en la sorpresa que le producía encontrar un arma tan poco convencional, trepó con rapidez por la alfombra, la cual era larga y cumplía su propósito. En el momento que llegaba arriba, escuchó a su primo producir un grito de sorpresa cuando Yvanna intentaba patearlo.
Dixit descolgó el patín casi con ternura, y bajó de un salto al suelo. El golpe de sus pies sobresaltó a Ivrin, que giró su cabeza y lo miró. Con desconfianza preguntó:
—¿Qué diablos haces?
—No puedes violarla primo. Y no me escuchas.
Ivrin se puso de pie, olvidando a la niña y fijando su atención en un nuevo y sorprendente objetivo.
—Dije que voy a hacer lo que quiero, primo.
Pronunció la última palabra en un escupitajo verbal de infinito desprecio. Dió un salto y levantó la espada por sobre su cabeza, corriendo con furia hacia Dixit. Este último lo conocía lo suficiente para saber que Ivrin era un peleador mediocre, y no le resultó difícil esquivar su ataque y producirle un corte en la espalda, el cual hizo que Ivrin se encorvara por el dolor. Chocó con la alfombra, y se apoyó en la misma. Después levantó la espada, dispuesto a arremeter por segunda vez.
—Traidor, escoria, pedazo de basura. ¿Cómo puedes hacerme esto? —dijo en un susurro reptilinio.
—No eres el mismo de antes, Ivrin. No escuchas, y eso me lastima. Espero que sepas entender algún día, en otro tiempo. Ahora, te vuelvo a pedir por favor: No hagas esto.
Sin responder, con un grito desencajado, Ivrin atacó a Dixit, tratando de traspasarle el pecho. Dixit actuó con rapidez y, a la vez que esquivaba el ataque, le cortaba el cuello a su primo de un golpe certero y limpio. La sangre salpicó la pared y parte de la alfombra, cuando Ivrin dió media vuelta tratando de tapar la herida.
Su último pensamiento antes de tocar el suelo y morir, fue que no tenía ni la menor idea de que había pasado.

10

Dixit dejó la espada al lado del Señor Fleming. Este lo observaba abrumado, con los ojos nerviosos y asustadizos. No podía confiar en ese enano que había asesinado a su hijo y maniatado con total impunidad. Mucho menos sacarle la mirada de encima.
—Aquel imbécil le quitó todo lo bueno a lo que íbamos a hacer. Parece que ustedes, humanos, tienen una segunda oportunidad y no les toca morir esta noche.
Se puso de pie, observando de forma alternativa a Yvanna y al Señor Fleming.
—Sin embargo, si alguna vez nos llegamos a encontrar, de seguro los mate. Como yo quiera y como a mi se me plazca. En lo que se refiere a derramar sangre de hombres, soy un experto y un gran entusiasta.
Luego se dirigió a la escalera y comenzó a subirla. Cuando llegó arriba, antes de cerrar la puerta del sótano, Dixit declaró:
—Voy a seguir mi viaje. Venir aquí resultó en vano e innecesario. Yo que ustedes, empezaría a pensar en la mudanza.
Luego cerró la puerta y se marchó.
El Señor Fleming y su hija, comenzaron al poco rato la trabajosa tarea de liberarse de las cuerdas que los mantenían atados.
Pero liberarse del remordimiento, el sufrimiento y los sueños, no resultaría tan fácil.
De hecho, pasaría a ser por el resto de sus vidas, una meta inalcanzable.







Título, ilustración y epígrafe pertenecen al libro "Los misterios del señor Burdick", de Chris Van Allsburg.
Este blog no cobra dinero ni lucra con los textos aquí publicados.

1 comentario:

  1. Genial, muy bueno...
    Lúgubre, intenso, ambientado párrafo tras párrafo de la manera que nos tenés acostumbrados, haciéndonos vivir intensamente los sucesos de los protagonistas como si fueran propios...
    Por acá, un lector más que agradecido porque hayas compartido tan buena historia...

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