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martes, 20 de diciembre de 2011

OTRO LUGAR OTRO TIEMPO


HISTORIAS EN EL PISO TRECE
Presenta
LOS MISTERIOS
DEL SEÑOR
BURDICK
De Chris Van Allsburg
OTRO LUGAR, OTRO TIEMPO
Si había una respuesta, el la encontraría allí

Escrito por William S, Poe


Tom y Alan y yo, Jim Hawk, nos pasábamos las tardes de verano en la casa de mi abuelo. Él era viejo como todos los abuelos, pero no era cascarrabias ni te gritaba que no pisaras su césped como nuestros vecinos; siempre estaba haciéndonos bromas y contándonos historias. Por eso cuando llegaban las vacaciones, mis amigos y yo nos íbamos a su casa cerca del lago. Era blanca, de madera, la había construido con sus propias manos. Cada año, mientras crecimos, marcaba nuestra estatura en uno de los postes que había en el porche. A lo lejos, la resplandeciente superficie de plata del lago, con aquel renqueante muelle. En los días de lluvia parecía cantar su propia canción de cuna.
El autobús nos dejó delante de la hilera de buzones con las banderitas bajadas, excepto una, con una sonrisa me acerqué y lo abrí. Sabía que dentro estarían los primeros regalos de bienvenida: tres estupendos sombreros de marinero. Sería otro genial verano. Mientras los tres nos colocábamos nuestros presentes, entre risas corrimos veloces por el camino de tierra hacia la casa.


BIENVENIDA

Nuestros pechos repicaban entre cada expectoración por la necesidad de aire, pero no hacíamos caso, corríamos tan veloces nuestras piernas nos dejaran hasta llegar a la puerta. La sombra de la enorme casa nos dio abrigo y como si hubiéramos pasado de  la parte de sol a la cara oculta de La Luna tuvimos un poco de frío. Miré a Tom, y su hermano gemelo Alan; sonreímos y nos colocamos en fila mirando al porche exterior. Respirábamos recuperando el aire. Alan se quitó el sombrero y se limpió el sudor con el brazo derecho. Dejamos los petates en el suelo a nuestro lado, nos volvimos a mirar, sabiendo lo que a continuación llegaba. Nuestras miradas dijeron preparados.

«¡Oh Capitán! ¡Mi capitán! Nuestro espantoso viaje ha concluido;
El barco ha enfrentado cada tormento, el premio que buscamos fue ganado;
El puerto está cerca, las campanas oigo, toda la gente regocijada»

Cantamos todos al unísono con nuestros gorros puestos. A no más tardar, de entre las fauces de la enorme casa, entre la mosquitera y la puerta apareció mi abuelo, Ben Bowman, que así se llama. Vestido con un viejo traje de pirata de esos de las películas como el capitán garfio, sus pasos sonaban en la madera, nos miró con cara de pocos amigos, levantó su espada al sacarla de la funda y gritó:

«¡¡Malditos infelices que venís a romper la paz de mi navío. Sed más sólo la carne de mi sable que os travesará con gusto!!»

Pareció asustarnos pero de entre las sombras de la casa, apareció mi abuela Adelle con su pelo blanco como las coliflores; todos reímos cuando ella nos dijo con tono de pirata brabucón y un parche en el ojo: «Venid marineros, os espera una larga travesía pero probad los manjares antes de partir» En sus manos enguantadas llevaba un plato con tres trozos de su tarta especial de frambuesas. Sonreímos ante el ofrecimiento, a lo que mi abuelo Ben bajó su arma como otrora vencido. Aunque quemaba un poco, los trozos cayeron por nuestras gargantas mientras nos mirábamos unos a otros, desde ese momento empezaban nuestras verdaderas y felices vacaciones.
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